28/3/08

NOSOTRAS PARIMOS...

Ya hace más de tres décadas que Paul Watzlawick, Beavin Bavelas y Don Jackson publicaron su Teoría de la Comunicación Humana y sigue tan vigente como entonces. Es un espectacular estudio sobre la comunicación desde el punto de vista pragmático. De esta obra ha tenido gran transcendencia su propuesta de axiomas exploratorios de la comunicación humana así como el estudio de la paradoja y su implicación en la comunicación patológica.

El primero y más trascendente de los axiomas propuestos por Waztlawick es que “es imposible no comunicarse”, de manera que, cuando hay dos personas en el mismo espacio el intercambio de mensajes es inevitable, y cada mensaje enviado va a suscitar una respuesta (todos tenemos la experiencia de situaciones en las que la falta de respuesta es una respuesta suficiente). Además los autores aportan claves de gran interés, como es el hecho de que en los intercambios comunicativos los participantes al tiempo que intercambian información a nivel del contenido, también están definiendo su relación.

Lo que me llama la atención es, cómo la gente utiliza de un modo natural y genial los principios propuestos por estos tres cerebros privilegiados. Os cuento… hace unos días pude escuchar en un programa de radio (en una cadena caracterizada por su gran ecuanimidad, dirigida por unos señores que están realmente cerca de la gente… porque tienen que acercarse para que les puedan besar el anillo) la intervención de la presidenta de una asociación antiabortista, hablando sobre lo que denominó como Síndrome Postaborto. Según esta señora el síndrome se manifiesta de dos maneras; por un lado la vía “natural” sería la depresión (de acuerdo que abortar no es como sacarse una muela y que muchas mujeres lo pueden vivir como una experiencia traumática). Junto a la vía natural encontraríamos otra forma de manifestarse este síndrome que sería la reacción agresiva, y esta reacción agresiva se materializaría en muchas ocasiones en posturas de activismo proabortista. De manera que las mujeres que hacen reivindicaciones a favor del aborto no serían más que unas victimas del Síndrome Postaborto.

Sin entrar a juzgar ninguna postura (me niego a hacer juicios en cuestiones de conciencia, además… no sé), me parece espectacular el malabarismo comunicativo: cuando un comunicador rechaza un argumento (…no tienes razón) está reconociendo la existencia de un interlocutor como tal, por lo que es mucho más potente olvidarse del argumento y negar directamente al interlocutor (…no existes). Los argumentos de las mujeres (y los hombres) que defienden el aborto no serían (según la señora presidenta) más que un síntoma más de una enfermedad y no un producto del razonamiento de una mente cuerda.

Por cierto el 31 de marzo se cumplirá un año de la muerde de Pawl Watzlawick.

12/3/08

PRISION BREAK


En 1973 a Phillip Zimbardo se le ocurrió intentar un experimento que se ha convertido en un clásico, recientemente ha publicado un libro titulado “El efecto Lucifer” en el que analiza algunas de las principales implicaciones de este experimento que fue conocido como el experimento de la cárcel de Stanford.

El Sr. Zimbardo puso un anuncio en un periódico solicitando voluntarios que participaran en un experimento para estudiar los efectos psicológicos de la vida en la cárcel. Se presentaron más de 60 personas (la mayoría estudiantes), de los que seleccionaron 18, se pasaron una serie de pruebas para eliminar personas que sufrieran problemas médicos o psicológicos, de alguna manera se buscaba una muestra representativa de “población normal” (vamos, que incluir al primo de Norman Bates podría desvirtuar el experimento). Estas 18 personas se dividieron aleatoriamente en 2 grupos 9 presos y 9 carceleros.

Se consiguió una situación lo más realista posible, los carceleros fueron uniformados y se les proveyó una porra y unas gafas de espejo que no permitieran el contacto ocular (atención a la foto, recién salidito de los Village People). Con los presos se siguieron muchas de las medidas de despersonalización que se suelen usar en algunas instituciones, fueron uniformados, despiojados, se les puso una media en la cabeza para simular que se les rapaba el pelo y finalmente, fueron numerados de manera que dejaron de dirigirse a ellos por el nombre propio. Se construyó para la ocasión, en los sótanos de la universidad de Stanford, una versión lo más realista posible del Caldero-Resort, en el que los presos pasarían dos semanas y los carceleros realizarían sus turnos de 8 horas en grupos de tres.

Se trataba de comprobar, como un contexto como el carcelario puede influir en el comportamiento… los resultados fueron espectaculares. Al poco tiempo de comenzar el experimento todos los participantes, prisioneros y carceleros estaban metidos en su papel, de hecho tras un día de encierro se produjo el primer motín y con él los carceleros idearon formas de someter a sus prisioneros que cada vez fueron más crueles y efectivas, que incluyeron humillaciones, castigos físicos y vejaciones de carácter sexual que se fueron intensificando progresivamente. A los prisioneros se les quitó la ropa, se les negó la comida, se les negó también la posibilidad de ir al baño teniendo que realizar sus necesidades en cubos que permanecerían en sus celdas, se les castigaba realizando flexiones, se les obligaba a adoptar posturas con connotaciones sexuales (¿alguien se acuerda de Abu Ghraib?), se les llamaba constantemente para recuento, se les obligaba a limpiar los baños con las manos desnudas… Por otra parte los prisioneros fueron sometiéndose progresivamente a sus captores, los compañeros que se revelaban eran percibidos como alborotadores que ponían en peligro su tranquilidad en la cárcel, había desconfianzas, “chivatos”, etc.

El experimento se descontroló tanto que atrapó a los propios investigadores. Ante un rumor de fuga, Zimbardo en lugar de observar la situación (como se esperaría de un investigador), comprobar cómo se propaga el rumor, cómo se organiza la fuga y cómo los guardias intentan sofocarla, lo que hizo fue concentrar sus esfuerzos en evitar que ésta se produjera, de hecho pidió colaboración a la policía para poder trasladar su “cárcel” a comisaría, porque ésta era “más segura”. La negativa de la policía lo enfureció muchísimo.

Este experimento programado para dos semanas, se descontroló de tal manera que tuvo que detenerse ¡a los seis días!. Los experimentadores al observar las cintas (todo el experimento fue grabado) se dieron cuenta que durante la noche, cuando los guardas pensaban que no se les estaba grabando, las vejaciones eran mucho más intensas. Por otra parte se invitó a la Dra. Christina Maslach a entrevistar a los reclusos y al verlos encadenados entre sí por los tobillos y con bolsas de papel en la cabeza, salió totalmente escandalizada llamándole la atención a Zimbardo. Cincuenta personas habían visitado el lugar antes, y ninguna había cuestionado la moralidad del experimento. Durante estos 6 días, 4 reclusos tuvieron que ser substituidos por padecer importantes trastornos emocionales (lloros constantes, gritos, comportamiento desorganizado, pesadillas incluso uno de ellos llegó a padecer un sarpullido psicosomático). Por otra parte, aunque entre los guardas había distintos grados de mala baba, ninguno de ellos pidió abandonar el experimento, al contrario, algunos se ofrecían a realizar horas extras sin compensación económica.

A la vista del experimento se podría pensar que, para que una persona se comporte como el demonio, sólo habría que ponerle cuernos, rabo y darle un tridente. Sin embargo, si me he mostrado siempre contrario al determinismo biológico del comportamiento humano, tampoco soy partidario del determinismo ambiental como explicación única del comportamiento. De hecho en Stanford, aunque todos los participantes fueron atrapados por el contexto, no todos lo hicieron por igual, a los guardas no les “ponía” llevar porra de la misma forma. El mismo ambiente que “genera” delincuentes, genera también héroes que son capaces de sobrevivir sin recurrir a la delincuencia.